Celebrating the Word of God

Comentario de las lectura

24º Domingo del Tiempo Ordinario – 17 de septiembre de 2017 – Año A

El perdón, fiesta de Dios y del hombre

Introducción

 
“No rompas el tenue hilo de la amistad porque, una vez roto, aunque lo recompongas de nuevo, quedará siempre el nudo”. Este es el consejo que nos dio nuestro maestro cuando yo estaba en la escuela primaria; se me quedó gravado en la memoria y me viene a la mente cada vez que soy testigo de desavenencias, contrastes, sinsabores, divisiones y me angustia el solo pensar que basta un error para poner un fin definitivo a la amistad, a esa relación que la Biblia llama “Bálsamo de vida” (Eclo 6,16). “Has soltado un pájaro de la mano, así has soltado a tu amigo y no lo cazarás; no lo persigas que ya está lejos” (Eclo 27,19-20). La incapacidad de perdonar, el miedo a confiar plenamente de nuevo en quien se ha equivocado, son las fuerzas malignas que hacen irrecuperables los lazos de un amor roto hecho pedazos.

 
Con fatiga nos perdonamos a nosotros mismos: nos atormentan los remordimientos, no acabamos de aceptar la humillación que nos ha acarreado una debilidad y, como una bomba sin explotar pero siempre en peligro de hacerlo, arrastramos penosamente nuestra culpa. Solo quien tiene una relación serena consigo mismo está en grado de reconocer el propio error y de saber que es posible superar y sacar provecho de la experiencia amarga del pecado.

 
No perdonamos a los otros. Son demasiado grandes las desilusiones, el dolor por sentirnos traicionados, el temor que se pueda repetir; es casi irrefrenable el impulso a romper una relación y a vengarse de una ofensa recibida.

 
Atrapados en esta vorágine de resentimientos y pasiones, no dejamos escapar de las manos la alegría más grande, la que experimenta también Dios, centuplicada, cuando logra hacer reflorecer una relación de amor. Dios ofrece, aun al anciano, la oportunidad de volver a comenzar, concediéndole así una perenne juventud.

 
* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

 
“Haz, Señor, que no prevalezcan nuestros resentimientos sino la acción de tu Espíritu”.


 


Primera Lectura: Eclesiástico 27,30-28,7

 

27,30: Ira y enojo son odiosos: el pecador los posee. 28,1: Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. 28,2: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. 28,3: ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? 28,4: No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? 28,5: Si él, que es un simple mortal, conserva la ira, ¿quién le perdonará sus pecados? 28,6: Piensa en tu fin y acaba con tu enojo, piensa en la muerte y en la corrupción, y guarda los mandamientos. 28,7: Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, recuerda la alianza del Señor, y perdona las ofensas. – Palabra de Dios

 
Quien se cree víctima de una injusticia, siente instintivamente el impuso de agredir al responsable. De aquí se derivan los odios, los rencores, la ira, los ajustes de cuentas. Dando rienda suelta a estas pasiones ¿se pone remedio a los abusos o se empeoran las cosas? Diversas respuestas se han dado a lo largo de los siglos a este interrogante. En épocas más remotas, el método para compensar las injurias recibidas y hacer que no se repitieran, eran métodos expeditivos: se reaccionaba con la represalia, se devolvía el mal hecho…con intereses. El ejemplo más célebre de esta venganza sin límites es el caso de Lamec, hijo de Caín, el primer polígamo que se vanagloriaba ante sus dos mujeres: “¡mataré a un hombre por herirme y a un joven por golpearme! Si la venganza de Caín valía siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gen 4,23-24).

 
Un paso adelante respecto a esta reacción brutal, vino con la famosa ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, herida por herida” (Ex 21,24) que –como hemos visto en el comentario al evangelio de la semana pasada– no es una invitación a devolver con intereses el mal recibido, sino a hacer que el castigo sea equivalente. El Antiguo Testamento no se ha contentado con esta justicia razonable, legítima, aunque todavía primitiva, sino que ha ido más allá. En el Libro del Levítico se ordena: “No serás vengativo ni guardarás rencor a tu propia gente, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Es la meta más alta a que llegaron los sabios de Israel. El pasaje de la Escritura que nos viene propuesto hoy se mueve en esta línea.

 
Ben Sirá, rico de la sabiduría que le proporcionaba la experiencia de los años, se dirige al discípulo y, de hombre a hombre, trata de convencerlo a que evite comportamientos insensatos dictados por la sed de venganza, de la ira y del rencor. Estos sentimientos son abominables y crean una barrera impenetrable en las relaciones entre Dios y el hombre e impiden entre ellos diálogo y mutuo entendimiento. Después, continúa su reflexión, invitando al discípulo a ir más allá de la simple justicia y a abrir de par en par el corazón a la misericordia. La clemencia hacia quien nos ha hecho algún mal –dice– es la condición indispensable para orar y obtener el perdón de Dios: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?” (v. 3).

 
Son reflexiones simples, claras, serenas; acompañan hasta el umbral mismo del reino de Dios, disponen a la escucha de la palabra de Jesús que lleva a la perfección la sabiduría ya presente en el Antiguo Testamento.



Segunda Lectura: Romanos 13,8-10

14,7: Ninguno vive para sí, ninguno muere para sí. 14,8: Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. 14,9: Para eso murió Cristo y resucitó: para ser Señor de muertos y vivos. – Palabra de Dios


En el capítulo 14 de la Carta a los romanos, Pablo trata un problema de perenne actualidad: ¿cómo resolver las diferencias de opinión entre los miembros de una comunidad? Había en Roma dos grupos de cristianos: algunos, llamados por Pablo: los débiles, estaban ligados a las tradiciones de los antiguos, observaban los días de ayuno, practicaban una ascesis severa, se abstenían de ciertas carnes; otros, por el contrario, los fuertes, más maduros, solamente se sentían vinculados a la ley del amor al hermano; por lo demás, se comportaban como personas libres.


A causa de estos contrastes entre tradicionalistas e innovadores, habían surgido en la comunidad de Roma bastantes tensiones. Los primeros acusaban a los fuertes de permisividad, los consideraban poco virtuosos, infieles a la ley de Moisés. Éstos, por su parte, reaccionaban con epítetos nada amables; trataban a los débiles de retrógrados, de obtusos mentales, incapaces de comprender la novedad absoluta del evangelio. ¿Cómo construir una convivencia pacífica entre personas con convicciones tan dispares? No era fácil, como tampoco lo es hoy.


Pablo –que pertenecía al grupo de los fuertes– propone dos reglas, una para cada uno de los grupos y que, si se practican, permiten llegar a una aceptación mutua. Se refiere, sobre todo, a los de su grupo, a los fuertes y les pide respeto para los débiles, para sus prácticas religiosas un poco anticuadas, devociones, tradiciones obsoletas. También los débiles, sin embargo, deben estar atentos a no prevaricar. A ellos el Apóstol les exige abstenerse de juzgar a los fuertes, a no considerar como infieles al evangelio a aquellos que no siguen las tradiciones de los antiguos (cf. Rom 14,1-6). Si los dos grupos se atienen a estas normas, podrán convivir pacíficamente, de lo contrario, surgirán entre ellos incomprensiones, desencuentros y tensiones.


Los versículos siguientes (vv. 7-9) –los únicos que se incluyen en la lectura de hoy– proponen un principio que ayuda a resolver cualquier desencuentro: todo cristiano debe tener siempre presente que no vive para sí mismo, para la búsqueda de sus propios intereses, sino para el Señor. En sus relaciones, por tanto, con los hermanos, no debe nunca dejarse guiar por consideraciones humanas. Vive y muere “para el Señor”.



 

Evangelio: Mateo 18,21-35

18,21: Entonces se acercó Pedro y le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces? 18,22: Le contestó Jesús: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 18,23: Por eso, el reino de los cielos se parece a un rey que decidió ajustar cuentas con sus sirvientes. 18,24: Ni bien comenzó, le presentaron uno que le adeudaba diez mil monedas de oro. 18,25: Como no tenía con qué pagar, mandó el rey que vendieran a su mujer, sus hijos y todas sus posesiones para pagar la deuda. 18,26: El sirviente se arrodilló ante él suplicándole: ¡Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré! 18,27: Compadecido de aquel sirviente, el rey lo dejó ir y le perdonó la deuda. 18,28: Al salir, aquel sirviente tropezó con un compañero que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y mientras lo ahogaba le decía: ¡Págame lo que me debes! 18,29: Cayendo a sus pies, el compañero le suplicaba: ¡Ten paciencia conmigo y te lo pagaré! 18,30: Pero el otro se negó y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. 18,31: Al ver lo sucedido, los otros sirvientes se sintieron muy mal y fueron a contarle al rey todo lo sucedido. 18,32: Entonces el rey lo llamó y le dijo: ¡Sirviente malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste! 18,33: ¿No tenías tú que tener compasión de tu compañero como yo la tuve de ti? 18,34: E indignado, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 18,35: Así los tratará mi Padre del cielo si no perdonan de corazón a sus hermanos. – Palabra del Señor


En la explicación de la primera lectura hemos hecho referencia a la progresiva evolución de la manera de reaccionar ante las ofensas e injurias recibidas: se ha pasado del arreglo de cuentas, a soluciones más ecuánimes y finalmente el perdón.


En tiempos de Jesús se insistía mucho en la necesidad de mantener relaciones pacíficas. Se condenaba la venganza, la ira, el rencor y se exigía la reconciliación. Quien se ha equivocado, enseñaban los guías espirituales, debe reconocer el propio error e implorar el perdón; la persona ofendida, por su parte, está obligada a otorgarlo. Si lo rechaza, el culpable debe pedir perdón ante dos testigos para demostrar que ha hecho todo lo posible para restablecer la paz. Si el ofendido muere antes de la reconciliación, el ofensor debe ir a su tumba y colocando una piedra sobre ella, declarar: “He hecho el mal contra ti”. La obligación de perdonar, sin embargo, se extendía solamente a los miembros de pueblo de Israel y no era ilimitada. No más de tres veces, concurrían los rabinos; a la cuarta, se debía recurrir a la vía legal.


La pregunta con la que se abre el evangelio de hoy: “¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano, hasta setena veces?” (v. 21), revela que Pedro ha comprendido que Jesús quiere ir más allá de los límites establecidos por los escribas. Recuerda ciertamente lo dicho en el sermón de la montaña: “Si Mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda” (Mt 5,23-24) y: “Si perdonan a los demás las ofensas, su Padre del cielo los perdonará a ustedes, pero si no perdonan…” (Mt 6, 14-15). Pedro tiene también presente la otra afirmación inequívoca del Maestro: “Si siete veces al día te ofende tu hermano y siete veces vuelve a ti diciendo que se arrepiente, perdónalo” (Lc 17,4).


Pedro está desconcertado: el número siete indica la totalidad. ¿Habrá, entonces, que perdonar, siempre y sin condiciones? El apóstol pide la confirmación de lo que ha ya comenzado a intuir (v. 21).


La respuesta de Jesús va incluso más allá de lo que se esperaba Pedro (es decir, siempre): setenta veces siete, más aún que siempre (v.22). Es una referencia las palabras descaradas de Lamec que se jactaba de practicar la venganza sin límites. Retomándolas, Jesús quiere enseñar que el perdón debe llegar al infinito como al infinito había llegado la arrogancia del hijo de Caín. Para aclarar mejor su pensamiento relata una parábola (vv. 23-35).


Fue presentado al rey un deudor que le debía 10,000 talentos. El talento corresponde a 36 kilos de oro; su valor, multiplicado por 10.000 –las cifra más elevada en la cultura griega– da una suma enorme, equivalente al salario de 200.000 años de trabajo o 2.400 000 salarios. Es impensable que alguno pueda restituir semejante suma.


A las veinte imágenes usadas por la Biblia para definir el pecado, se había añadido otra en los últimos siglos antes de Cristo, que terminó por prevalecer: la imagen de la deuda contraída con Dios. La gente simple del pueblo se sentía siempre atrasada en el pago. Oraciones, sacrificios, ofertas, ayunos, buenas obras…no bastaban para compensar las innumerables infracciones de la Ley; nunca terminaban de pagar a Dios la deuda. Solo los fariseos estaban convencidos de tener las cuentas al día. Trágica ilusión la suya, pues -como declara Pablo quien, por otra parte había vivido de manera irreprensible: “Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3,23). Frente a Dios, el hombre es un deudor insolvente.


Mostrando una generosidad sin límites, el rey de la parábola –que representa a Dios– enternecido por las súplicas de su siervo, le perdona toda la deuda. No existe un pecado que Dios no perdone, no hay culpa superior a su inmenso amor. También Pablo recurre a la misma imagen: “Clausuló el documentos de nuestras deudas con sus cláusulas adversas a nosotros y lo quitó de en medio clavándolo en la cruz” (Col 2,14).


¿Cómo ha podido el hombre acumular una deuda tan exorbitante? ¿Aceptando, quizás, los innumerables dones que le ha ofrecido el Señor? No puede ser, porque el don es gratuito y no convierte en deudores a quienes lo reciben. ¿Se trata, entonces, como pensaban los rabinos, de los pecados y transgresiones cometidas? Tampoco es satisfactoria esta interpretación y más adelante veremos las razones.


En la segunda parte del relato (vv. 28-30) entra en escena otro siervo que debe al primero 100 denarios, una suma bastante respetable, equivalente a 100 jornadas de trabajo, pero irrisoria en comparación con la deuda perdonada por el rey. El segundo deudor dirige al colega la misma petición y espera obtener la misma compasión. El siervo despiadado, por el contrario, lo agarra por el cuello y trata de asfixiarlo diciéndole: ¡Devuélveme lo que me debes! El mensaje central de la parábola hay que buscarlo –es evidente– en la enorme desproporción entre las dos deudas y en el estridente contraste entre el comportamiento de Dios que perdona siempre y el del hombre que exige la restitución hasta el último centavo. La imagen de la asfixia expresa bien la idea la sumisión sicológica a que ha sido reducido el deudor. Como un acreedor despiadado, el ofendido lo tiene “atrapado”, sofocado, y le puede quitar la respiración y la alegría de vivir con solo mencionarle, con la simple alusión a la culpa cometida.


La parábola podría sugerir la idea de que nosotros somos responsables de enormes pecados, mientras que nuestros hermanos nos habrían ocasionado solamente algún pequeño entuerto. No es así; es más, a veces, es exactamente de lo contrario: hemos infligido, quizás, algún contratiempo a nuestros prójimos, mientras que hemos sido víctimas de graves daños e injurias por parte de los demás. No se trata de hacer cálculos sobre la consistencia de los daños sufridos. A Jesús le interesa poner en evidencia la distancia inaudita entre el corazón de Dios y el corazón del hombre, entre su amor y el nuestro.


El pecado no es un simple error, sino la ruptura de la relación de alianza esponsalicia que une al hombre con Dios. Si tenemos presente que el discípulo es llamado a: “ser perfecto como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6,48), es fácil intuir que “la deuda” en cuestión es abismal (como es impagable la deuda de 10.000 talentos). En comparación, la distancia que separa al santo más grande del más grande pecador es irrisoria y podría ser fácilmente saldada (como lo es la restitución de 100 denarios).


En la oración pedimos al Padre que “perdone nuestra deuda”. Las culpas que hemos cometido no representan toda nuestra deuda. Las culpas cometidas se refieren al pasado y no son infinitas, constituyen solamente una pequeña señal de la distancia inmensa que nos separa del amor del Padre. Es ésta la deuda que nosotros pedimos a Dios de colmar. La oración “Perdona nuestras deudas” no hace referencia solamente a los errores pasados, sino que está dirigida sobre todo al futuro.


¿Qué espera Dios de nosotros? Su misma “compasión”. Quiere que no mantengamos al hermano esclavo de su pasado, pretende que no le sofoquemos mientras él trata de salir del atolladero; Dios pide ayudarle “setenta veces siete”, renunciando a cualquier represalia contra él. Los hijos del reino de Dios “son misericordiosos como el Padre celeste” (Lc 6,36) y han comprendido que: “el amor no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona” (1 Cor 13,5-7). Quien ha hecho propia esta nueva lógica y se ha empeñado a fondo en ponerla en práctica, se olvida de todos los derechos propios, con tal de ver al hermano nuevamente feliz, sereno y libre de su culpa.


La última escena produce escalofríos (vv. 31-35). Frente a la manera con que siervo, a quien se le perdonó la deuda, trata a su semejante, el rey, disgustado y presa de un desprecio incontenible, lo hace llamar, le echa en cara su maldad y lo deja en manos a los verdugos que lo torturarán hasta que pague cuanto debe. La conclusión es desconcertante: “Así los tratará mi Padre del cielo si no perdonan de corazón a sus hermanos”. ¿Repaga el Señor, por tanto, con la misma moneda a aquellos que son despiadados con sus deudores? Una interpretación semejante iría contra el mensaje mismo de la parábola que quiere, por el contrario, presentar a un Dios que siempre perdona al hombre.


Estamos frente a un relato que emplea imágenes dramáticas. Los predicadores del tiempo de Jesús introducían frecuentemente en sus discursos imágenes semejantes para sacudir a sus oyentes y hacerles caer en la cuenta de la importancia de un cierto mensaje. El evangelista no está describiendo lo que Dios hará al final de los tiempos, sino lo que Dios quiere que el hombre haga hoy. Para no falsear el evangelio de Jesús es necesario, por tanto, pulir la parábola de los tonos fuerte con que ha sido revestida por lenguaje cultural semítico de hace dos mil años. Considerarla como una descripción del comportamiento del Padre que está en los cielos, sería una interpretación blasfema.




Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy: http://www.bibleclaret.org/videos



Fernando Armellini


P. Fernando Armellini es un misionero italiano experto en biblia. Con su permiso, hemos comenzado a traducir del italiano sus Reflexiones Dominicales con comentarios a las tres lecturas.

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Sunday Reflection


Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy