Celebrating the Word of God

Comentario de las lectura

Bautismo Del Señor – 8 de enero de 2018 – Año B



Quiso remontar un abismo con nosotros

Introducción

 
Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, la Galilea de las naciones, Samaria, las tierras al otro lado del lago de Genezareth son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

 
Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betábara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

 
Betábara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

 
La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública, no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres, ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

 
Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Ha aparecido la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres”.


 


Primera Lectura: Isaías 55:1-11

 

55,1: ¡Atención, sedientos!, vengan por agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren trigo, coman sin pagar, vino y leche gratis. 55,2: ¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta?, ¿y el salario en lo que no deja satisfecho? Escúchenme atentos, y comerán bien, se deleitarán con platos sustanciosos. 55,3: Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: 55,4: a él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; 55,5: tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti: por el Señor, tu Dios; por el Santo de Israel, que te honra. 55,6: Busquen al Señor mientras se deje encontrar, llámenlo mientras esté cerca; 55,7: que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. 55,8: Mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos –oráculo del Señor–. 55,9: Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los suyos y mis planes de sus planes. 55,10: Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, 55,11: así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo. – Palabra de Dios

 
Cuando el cardenal Bergoglio fue elegido Papa, muchos católicos romanos se sorprendieron de que algo tan inesperado hubiera ocurrido.

 
El escritor de este poema en particular sintió el mismo tipo de conmoción por un inesperado pero fortuito giro de los acontecimientos. Este poema fue escrito hacia el final del exilio de Babilonia y contiene la profunda alegría que sienten aquellos que vieron el trabajo de Dios en la política internacional de su tiempo.

 
En el momento en que se escribió el poema, la élite de Judá había estado en el exilio durante un poco más de dos generaciones. Los objetivos de este oráculo eran los nietos de aquellos que habían sido exiliados por la fuerza cuando Jerusalén cayó en 586 a.C. Habían mantenido su identidad como judíos contando historias a sus hijos y nietos de la gloria que había sido Jerusalén.

 
Sin embargo, hacia el 538 a. a.C, Babilonia había sido conquistada por los persas. El rey persa, Ciro, permitió que los pueblos que los babilonios habían desterrado regresaran a sus tierras natales. En algunos casos, incluso financió su regreso.

 
Isaías 40-55, al cual los eruditos se refieren como el Segundo Isaías, contiene poemas que celebran a Ciro. De hecho, en Isaías 45,1, incluso se le llama “mesías”, es decir, un rey ungido por Dios para llevar a cabo los planes de Dios. El autor de Segundo Isaías sostiene firmemente que la única explicación posible para un cambio de acontecimientos tan sin precedentes fue que Yahvé estaba en control de toda la historia humana. Muchos de los poemas en esta sección representan el retorno de los exiliados como un nuevo Éxodo que da paso a una nueva creación.

 
El Capítulo 55 recapitula muchos temas encontrados en los capítulos precedentes. Debido a que es un resumen de los poemas anteriores, no es tan cohesivo como otros poemas en esta sección. Comienza con las imágenes de comida y bebida (versículos 1-2) y avanza hacia la restauración de la línea de David (3-5). El poema luego exhorta a la audiencia a buscar a Dios (6-7), terminando con una reflexión sobre lo desconocido de Dios (8-11). El lenguaje es poderoso, evidenciado por la cantidad de canciones de adoración contemporáneas que usan frases de este poema.

 
Al acecho detrás de este texto está la realidad de que muchos judíos que vivían en Babilonia en ese momento no eligieron regresar a Jerusalén. Recientes hallazgos arqueológicos proporcionan evidencia de que en 538, la comunidad judía se había integrado a la sociedad babilónica. Tenían trabajos, casas propias e incluso prestaban dinero a otros. Bajo los babilonios y los persas, eran libres de adorar a Yahvé, y no sufrieron ninguna coacción para reconocer a los dioses babilónicos. Además, las ciudades dentro de Mesopotamia eran los centros financieros, comerciales y culturales de esa parte del mundo antiguo.

 
Por el contrario, Jerusalén estaba en ruinas. Aquellos que regresaron primero tendrían que reclamar sus tierras para permanecer en la zona. Muchos de los campos que rodeaban a Jerusalén habían quedado sin cultivo. Solo había un pequeño asentamiento donde una vez estuvo la ciudad, por lo que tendrían que construir casas, muros de la ciudad, de hecho, toda la infraestructura. Sin la restauración de la monarquía, no había trabajos prestigiosos para trabajadores calificados. No era una perspectiva atractiva para una generación que no tenía experiencia personal con la vieja ciudad.

 
Gran parte de Isaías 40–55 es una exhortación a regresar a esta comunidad. Los poemas prometen que Dios hará que incluso el desierto florezca si regresan. El capítulo 55 puede leerse como la exhortación final del poeta. El poema comienza contrastando alimentos reales, con la promesa de algo mejor. La comida real (que no satisface) es similar a cualquier riqueza tangible: dinero, bienes de lujo, seguridad financiera, etc. Los versículos 1-2 exhortan a la gente a reconocer que la riqueza tangible que disfrutan en Babilonia no es nada comparada con las recompensas de Dios tiene preparado si vuelven.

 
En este momento de la historia de Israel, muchas personas todavía esperaban la restauración de la monarquía davídica, un deseo que se ve en los versículos 3-5. En todo el antiguo Cercano Oriente, el reinado de un rey ideal se asocia con la fertilidad y, por lo tanto, con la abundancia de alimentos. Este poema invierte el orden normal del rey y la comida. Comienza con la imagen de la saciedad, y de ahí infiere la restauración de un rey glorioso.

 

El versículo 6 comienza una clara exhortación. “Busca al Señor mientras pueda ser encontrado”, lo que implica que si uno no busca a Dios de inmediato, Yahvé no será encontrado en una fecha posterior, como después de que la ciudad haya sido reconstruida. El momento de regresar para disfrutar de las bendiciones de Dios es ahora.

 
El poema termina con su experiencia de Dios. Para esta audiencia, los caminos de Dios son sorprendentes y, en última instancia, incognoscibles. En la mayoría de los otros textos del Antiguo Testamento, la noción de la impredecibilidad de Dios está vinculada a eventos trágicos. Aquí, sin embargo, ese desconocido está ligado a una ocasión alegre, que quizás fue incluso más impredecible que la derrota original.

 
El versículo final probablemente se refiere a los convenios de Dios con Israel. Dios ha jurado esos pactos, especialmente el pacto con David, mencionado en el versículo 3. Las esperanzas de los exiliados se basaban en la fidelidad de Dios a ese pacto. Israel sería restaurado, no por su bien, sino para mostrarle al mundo que Dios tiene el control de la historia.

 
Isaías 55 fue escrito en el momento en que las personas sentían que todo era posible. Todavía no habían experimentado la desilusión de una monarquía que nunca se restaura. Todavía no habían sentido la sequía en los días de Ageo o la lucha interna que detuvo la reconstrucción del templo en Ezra. Esta es la voz que nos recuerda que, aunque las cosas no siempre salen como planeamos, a veces, solo algunas veces, resultan mucho mejor.

 
Corrine Carvalho
Profesora
Universidad de St. Thomas
St. Paul, MN, USA



Evangelio: Marcos 1,7-11

1,7: Y predicaba así: Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. 1,8: Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo. 1,9: En aquel tiempo vino Jesús de Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. 1,10: En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. 1,11: Se oyó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto. – Palabra del Señor

 
Los primeros versículos de este pasaje bíblico (vv. 7-8) lo hemos ya meditado en el segundo domingo de Adviento. Presentan, en síntesis, la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Jesús. Aparentemente iguales, los dos ritos tienen un significado completamente diverso.

 
El primero es una ablución externa, indica la purificación del pecado, la ruptura con una conducta de vida contraria a la ley de Dios y presupone la decisión de no volver a mancharse más con otras transgresiones.

 
El segundo, el bautismo con el espíritu santo, no es una purificación exterior, es la infusión de un agua que brota, portadora de fecundidad y de vida; es la sustitución del corazón antiguo por uno nuevo, capaz de responder sí a la propuesta de amor hecha por Dios. El bautismo de Juan marcaba el final de un largo y fatigoso noviazgo entre Dios y su pueblo; el de Jesús era el comienzo de las fiestas de boda con toda la humanidad.

 
Después de haber resaltado el valor diferente de los dos bautizos, Marcos quien, a diferencia de Mateo y Lucas, no hace ningún referencia a la infancia de Jesús, por primera vez pone en escena al protagonista de su evangelio y lo hace con una formula solemne, empleada frecuentemente por los profetas en sus oráculos: “en aquellos días…” (Jl 3,2); después, indica el nombre del pueblo de donde proviene, Nazaret en Galilea (v. 9).

 
No menciona ni su edad ni la familia a la que pertenece, le interesa solamente indicar cómo, cuándo y dónde ha comenzado la manifestación del evangelio de Dios al mundo: todo se inició junto al Jordán, el rio que corre tranquilo a través de la estepa de Jericó, siguiendo el confín entre el desierto oriental y la tierra prometida, donde Josué introdujo al pueblo salido de Egipto.

 
Allí, donde acudían todos los habitantes de Judea para hacerse bautizar (cf. Mc 1,5-6), un día aparece, entre los pecadores, también Jesús, proveniente de Galilea, la región habitada por israelitas que la aristocracia religiosa de Jerusalén retenían como semi-paganos. Descendiendo al agua junto a los pecadores, Jesús mostró querer compartir su condición, ponerse a su lado para acompañarlos en el éxodo de la esclavitud hacia la libertad.

 
En esta escena se puede ya percibir la novedad del Dios cristiano. Él no es un Dios que permanece alejado en el cielo, impartiendo disposiciones y controlando quienes las observan y quienes las violan, sino que se hace uno de nosotros, solidario con la humanidad, no en el pecado sino en sufrir las consecuencias que afectan siempre, como sabemos muy bien, también a los que no han pecado.

 
Nosotros estamos inclinados hacia mal y en las oraciones más que pedir al Señor de evitarlo, imploramos que nos libere, por medio de alguna intervención prodigiosa, de sus trágicas consecuencias: enfermedades, hambre, miseria, angustias, divisiones familiares…

 
Dios, que no se resigna a soluciones paliativas, ha enviado a su Hijo para destruir el mal en su raíz y crear un mundo nuevo sin pecado, un mundo en el cual se cumplirán todas sus promesas de bien: “nuestros graneros estén rebosantes de productos de toda especie. Nuestros rebaños a millares se multipliquen en nuestros prados” (Sal 144,13); “haya en el campo trigo abundante” (Sal 72,16); “comerán los pobres hasta saciarse” (Sal 22,27); “los humildes poseerán la tierra y disfrutarán de abundante prosperidad” (Sal 37,11). No se trata de imágenes, sino de realidades concretas que es posible ver realizarse si confiamos en Cristo y en su Palabra.

 
Todos los evangelistas dan importancia al bautismo de Jesús porque ha señalado el inicio de su vida pública. Pero no es tanto sobre el episodio en sí que ellos quieren llamar nuestra atención, sino sobre la revelación del cielo que tiene lugar en este acontecimiento. Los evangelios sinópticos nos la presentan con tres imágenes bien comprensibles para los lectores: la apertura del cielo, la paloma, la voz del cielo (vv. 10-11).

 
En Mateo y Lucas parece que todos los presentes hayan contemplado los cielos que se abrían, visto al Espíritu que descendía como paloma y oído la voz del cielo. En Marcos, sin embargo, Jesús es el único destinatario de la visión y de la revelación: “En cuanto salió del agua vio…” (v. 10). Ha sido este el momento de su vocación, aquel en que el Padre le ha manifestado la misión a la que lo llamaba.

 
Vio, ante todo, los cielos que se abrían.

 
La imagen es clara para quien conoce la Escritura: el evangelista se refiere al celebre texto del profeta Isaías.

 
En los últimos siglos antes de Cristo, el pueblo de Israel había tenido la sensación de que el cielo se hubiese cerrado. Enfadado por los pecados y la infidelidad de su pueblo, Dios se habría retirado del mundo, no enviando más profetas; parecía decidido a romper todo diálogo con la humanidad. Los israelitas piadosos se preguntaban: ¿cuándo tendrá fin este silencio que tanto nos angustia? ¿No volverá el Señor a hablarnos, no nos mostrará más su rostro sereno, como en los tiempos antiguos?, y lo invocaban así: “Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa… ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19).

 
En el bautismo de Jesús los cielos se han rasgado: han sido restablecidas para siempre las relaciones entre Dios y el hombre, han caído las fronteras y han terminado todos los miedos de los castigos de Dios. Ahora aparece evidente cuán absurdos han sido los temores de quienes todavía lo imaginan airado, vengativo y violento. No debemos estar ya angustiados de cómo aplacarlo porque Él no rechaza a nadie, no se comporta como juez, sino que está siempre de la parte del hombre.

 
El segundo objeto de la “visión” es el Espíritu que desciende sobre Jesús como una paloma.

 
Cuando el Señor destina a alguien para una gran misión, le da siempre también la fuerza para llevarla a cumplimiento. A los reyes, a los profetas, a los jueces, les infundía su Espíritu. En el momento de enviar a su “siervo fiel”, declara: “Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que promueva el derecho en las naciones… No romperá la caña quebrada, no apagará la mecha vacilante” (Is 42,1-4) y el “siervo” enviado, habida conciencia de la fuerza divina que había entrado en él, exclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad” (Is 61,1).

 
Al comienzo de su vida pública también Jesús fue colmado de la fuerza del Espíritu.

 
Para ayudar a captar el mensaje teológico presente en este acontecimiento, el evangelista recurre a la imagen de la paloma.

 
Son numerosas las referencias bíblicas ligadas a esta figura. La primera podría ser en el momento en el que “el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gn 1,2), como una paloma sobre el nido, según explicaban algunos rabinos.

 
El océano primordial, símbolo del caos y de los elementos hostiles, había sido dominado ahora por el “viento divino” y en la tierra surgía la vida. Posándose sobre Jesús, el Espíritu de Dios ha entrado en el mundo y, con su presencia, ha dado inicio a la nueva creación.

 
La segunda referencia, la más inmediata, es la paloma del diluvio acogida por Noé en el arca, “hacia el atardecer regresó con un ramo de olivo” (cf. Gn 8,8-12). Fue aquella la señal de la paz restablecida entre el cielo y la tierra después de la destrucción de toda forma de pecado.

 
Por varios siglos, desde que el cielo se había cerrado, el Espíritu parecía no encontrar a ninguno sobre quien posarse y, como la paloma del diluvio, atravesaba el cielo para después regresar a Dios. Ahora desciende sobre Jesús, pone en él su demora estable y constituye la fuerza que le consentirá llevar a cumplimiento la obra de salvación. La paloma hace referencia también a la ternura y al amor. Movido por el Espíritu, Jesús se acercará a los pecadores siempre con la dulzura y la amabilidad de la paloma.

 
Finalmente se oyó una voz del cielo. La expresión es bien conocida: la empleaban los rabinos para atribuir a Dios una afirmación. En nuestro pasaje tiene la finalidad de definir, en el nombre del Señor, la identidad de Jesús.

 
Marcos escribe después de la Pascua y debe responder a los interrogantes que los discípulos le ponen. Su maestro ha sido condenado por blasfemo por las autoridades religiosas garantes de la pureza de la fe de Israel; aparentemente es un derrotado, un rechazado y abandonado por el Señor. La pregunta inquietante es: ¿Estará Dios de acuerdo con esta sentencia?

 
A los cristianos de sus comunidades Marcos refiere el juicio del Señor con una frase que alude a tres textos del Antiguo Testamento.

 
Tú eres mi hijo: es la citación del Salmo 2,7. El día de la coronación real constituía para el soberano davídico que se entronizaba en Jerusalén, un nuevo nacimiento, era el momento en que Dios le declaraba como su Hijo, le confería sus poderes y su fuerza, lo presentaba como su lugarteniente al mundo.

 
Para Jesús la investidura por parte del Padre ha tenido lugar en el Jordán. Ha sido presentado a todos como el Salvador, como el rostro humano del Dios que existe desde toda la eternidad. “¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy? Y en otro lugar: Yo seré para él un padre, él será para mí un hijo (Heb 1,5). En el día de su bautismo, el Hijo que desde toda la eternidad existe “en el seno del Padre” (cf. Jn 1,18) “ha nacido” como Mesías.

 
En la cultura semítica el término Hijo no significa solo la generación biológica, implica también la afirmación de una semejanza. Dirigiéndose a Jesús como a su Hijo, Dios garantiza reconocerse en él, en sus palabras, en sus obras y, sobre todo, en su gesto supremo de amor: el don de la vida. Quien quiere conocer al Padre no debe hacer otra cosa que contemplar este Hijo.

 
Es significativo el hecho de que Dios lo reconozca como Hijo justamente en el momento en que Jesús se pone del lado de los pecadores. El suyo es el único rostro autentico del Padre; los otros rostros, sobre todo el del juez que condena, no son más que máscaras que le hemos aplicado.

 
El predilecto. Se refiere al relato de la prueba a la que fue sometido Abrahán: le ha sido pedido de ofrecer el hijo Isaac, el único, el predilecto (cf. Gn 22,2.12.16). Aplicando a Jesús este título, Dios invita a no considerarlo un rey o un profeta como los otros: Él es, como Isaac, el único, el amado.

 
En el cual me complazco. Conocemos ya esta expresión porque se encuentra en el primer versículo de la primera lectura de hoy (Is 42,1). Dios declara que Jesús es el siervo de quien ha hablado el profeta, es Él, el enviado para “instaurar el derecho y la justicia” en el mundo. Para llevar a cumplimiento esta misión ofrecerá la propia vida.

 
La voz del cielo. Vuelca el juicio pronunciado por los hombres y desmiente las esperanzas mesiánicas del pueblo de Israel que no concebía que el mesías pudiera ser humillado, derrotado, ajusticiado. El modo como Dios ha cumplido sus promesas ha sido para todos, también para el Bautista, una sorpresa.




Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy: http://www.bibleclaret.org/videos



Fernando Armellini


P. Fernando Armellini es un misionero italiano experto en biblia. Con su permiso, hemos comenzado a traducir del italiano sus Reflexiones Dominicales con comentarios a las tres lecturas.

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Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy