Celebrating the Word of God

Comentario de las lectura

12º Domingo del Tiempo Ordinario, Junio 25, 2017, Año A

¡Es muy arriesgado ir a contramano!

Introducción

 
Antes de entrar en una calle se debe prestar atención a las señales, es necesario determinar si, por casualidad, uno ha entrado en dirección prohibida.

 
Al observar la dirección en que se mueven los demás, un discípulo de Cristo tiene la sensación inmediata y aguda de conducir contra el tráfico. Si uno elige los caminos de la renuncia, del intercambio de bienes, del amor desinteresado, del perdón sin límites, del cumplimiento de la palabra, ve moverse el tráfico en la dirección opuesta y se da cuenta de que debe proceder con cautela y prudencia, el choque es inevitable y él siempre será el perdedor, se considerará fuera de lugar, al ser acusado de violar las reglas aceptadas por todos.

 
Para el impío el justo es “insoportable solo con verlo” (Sab 2,14), “da vergüenza” (Sab 2,12); molesta porque “lleva una vida diferente a la de los demás y va por un camino aparte” (Sab 2,15).

 
En tiempos de persecución, puede surgir en el cristiano también la duda de que uno camina por la dirección equivocada.

 
Después de comprobar si en realidad se está siguiendo las instrucciones del Maestro, no se debe quedar atrapado por el miedo: esa es la dirección correcta, está conduciendo con los ojos abiertos y camina en la luz.

 
* Para interiorizar el mensaje, repetiremos: 
“No se nos preguntará si ganamos o perdimos, psino si hemos luchado por la causa justa”.


 


Primera Lectura: Jeremías 20,10-13

 

Dijo Jeremías: 20,10: Oía el cuchicheo de la gente: Cerco de Terror, ¡a denunciarlo, a denunciarlo! Mis amigos espiaban mi traspié: A ver si se deja seducir, lo venceremos y nos vengaremos de él. 20,11: Pero el Señor está conmigo como valiente soldado, mis perseguidores tropezarán y no me vencerán; sentirán la confusión de su fracaso, un sonrojo eterno e inolvidable. 20,12: Señor Todopoderoso, examinador justo que ves las entrañas y el corazón, que yo vea cómo tomas venganza de ellos, porque a ti encomendé mi causa. 20,13: Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre del poder de los malvados. – Palabra de Dios

 
Jeremías vive en uno de los momentos más dramáticos de la historia de su pueblo. El ejército de Nabucodonosor ha rodeado Jerusalén, y la va a tomar por asalto y la saqueará. El rey y los comandantes del ejército han perdido completamente la cabeza y toman malas decisiones. Los líderes religiosos, en vez de darse cuenta de que se están acercando a la ruina, bendicen las elecciones de los militares y incitan a la gente: “Todo va bien, no va a pasar nada malo” (Jer 6,13-14), mientras que todo va mal y la catástrofe está próxima.

 
Jeremías parece la persona menos adecuada para entrar en este conflicto: es un joven tímido, sensible, amante de la vida tranquila, ajena a la controversia; su sueño es vivir tranquilo con su familia en Anatot, pero el Señor lo llama a una misión difícil y peligrosa “en contra de los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo”. “Ármate de valor –dice– levántate, diles lo que yo te mando… lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,17.19).

 
Enemigo jurado de Jeremías es un sacerdote, Pasur, hijo de Imer, director superintendente del templo. Hace azotar y poner en el calabozo al profeta. Al día siguiente, liberado de la cárcel, Jeremías se encuentra con él e, irónicamente, le cambia el nombre, lo llama Magor, lo que significa cerco de terror (Jer 20,1-3). Pasjur –asegura el profeta– no asustará a nadie, y pronto estará en la consternación y buscando desesperadamente refugio en algún escondite en la ciudad, cuando los soldados de Babilonia lo perseguirán. Será capturado y esclavizado, lo llevarán al exilio, donde morirá junto con los que engañó con mentiras: prometiendo paz, mientras ellos se avecinaban días de terror.

 
La lectura de hoy comienza con las palabras de Jeremías recordando la reacción del público a sus quejas. Retomando el apodo frente Pasjur –cerco de terror– la gente se burla del profeta llamándolo, terror para ti, como si fuera a decir: ahora el aterrorizado eres tu, no Pasjur, todos vemos que te estás muriendo de miedo.

 
Los enemigos de Jeremías no se limitan a la burla y el sarcasmo; traman, buscando razones para hacer un juicio farsa y poder condenarlo. También piensan en lincharlo (v. 10).

 
Confundidos entre la multitud que chillan también están sus mejores amigos. El profeta, ahora solo, ve que su misión falla, se siente rechazado por su pueblo y abandonado por todos.

 
Inevitables y comprensible en este momento son el desánimo, la incertidumbre, la desesperación e incluso la duda de que su vocación fuera un engaño. Se desfogó entonces con el Señor, grita todo su dolor, viene incluso a maldecir el día de su nacimiento (Jer 20,14-18).

 
Esta oración, hecha de expresiones audaces, pero sincera, pone de manifiesto en él la certeza de la fidelidad de Dios. Las decepciones, adversidades, persecuciones han sacudido, por un momento, su confianza y su esperanza, pero no para sofocarlas ni extinguirlas. Aquí está, de hecho, para proclamar: “El Señor está conmigo como valiente soldado” (v. 11). Ahora está seguro: Dios intervendrá, brillará la verdad y hará triunfar a los que defendían la causa justa.

 
Los últimos versos de la lectura (vv. 12-13) contienen una invectiva violenta contra los enemigos. Las palabras de Jeremías no deben interpretarse como una explosión de odio, sino como un deseo, justo y humano, para ver el triunfo de su caso, reconociendo su inocencia y se exponiendo la maldad de los adversarios.

 
Es difícil ser profeta, es difícil de decir la verdad, ser el primero en levantar la voz para denunciar lo que está mal. Más conveniente es esconderse, fingiendo no ver, dejar que otros hablen. Sin embargo, si se quiere una nueva sociedad, una iglesia más coherente con el Evangelio y más dócil al Espíritu, si uno aspira a una nueva vida, se necesitan profetas que, como Jeremías, tengan el valor de decir lo que el Señor les dice, aun a riesgo de la vida.



Segunda Lectura: Romanos 5,12-15

Hermanos: Así como por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así también la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron. 5,13: Antes de llegar la ley, el pecado ya estaba en el mundo; pero, como no había ley, el pecado no se tenía en cuenta. 5,14: Con todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, también sobre los que no habían pecado imitando la desobediencia de Adán –que es figura del que había de venir–. 5,15: Pero el don no es como el delito. Porque si por el delito de uno murieron todos, mucho más abundantes se ofrecerán a todos el favor y el don de Dios, por el favor de un solo hombre, Jesucristo. – Palabra de Dios

 
En este difícil pasaje de la Carta a los Romanos, Pablo compara a Adán y Jesús: contrasta las consecuencias del pecado del primer hombre a la justificación por Cristo.

 
Dice que, desde el principio, los hombres han pecado y no están insertos en el plan de Dios. Luego, a lo largo de los siglos, han seguido cometiendo errores y practicando la injusticia, siguiendo el ejemplo de Adán que había desobedecido y se había alejado de Dios.

 
Jesús se comportó de manera opuesta: fue obediente al Padre, hizo su voluntad hasta la muerte.

 
La consecuencia del pecado de Adán fue la muerte. No la muerte biológica –que es un hecho de la naturaleza–, sino la elección de la “no vida” de cualquier persona que se niega a seguir el camino trazado por Dios. La gracia obtenida por la obediencia de Cristo, sin embargo, es muy superior al mal causado por ‘ la locura humana. Gracias a Cristo, Dios ha comunicado su vida a todos.




Evangelio: Mateo 10,26-33

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: no tengan miedo a la gente. No hay nada encubierto que no se descubra, ni escondido que no se divulgue. 10,27: Lo que les digo de noche díganlo en pleno día; lo que escuchen al oído grítenlo desde los techos. 10,28: No teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma en el infierno. 10,29: ¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno de ellos cae a tierra sin permiso del Padre de ustedes. 10,30: En cuanto a ustedes, hasta los pelos de su cabeza están contados. 10,31: Por tanto, no les tengan miedo, que ustedes valen más que muchos gorriones. 10,32: Al que me reconozca ante los hombres yo lo reconoceré ante mi Padre del cielo. 10,33: Pero el que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo. – Palabra del Señor

 
“Nuestro señor y nuestro dios te pide que hagas lo siguiente …”. Así comienzan los documentos oficiales expedidos en nombre de Domiciano (81-96 d.C.), el emperador que erigió estatuas por todas partes en su honor y exigió ser adorado como un dios. El cónsul Flavio Clemente, su primo, que se convirtió a Cristo, y que a causa de su fe, no puede adherirse a estas locas solicitudes insanas, es ejecutado, y su esposa Domitila exiliada en Cerdeña.

 
El culto al emperador se difunde principalmente en Asia Menor. En Éfeso se erigió un templo y una estatua colosal del “dios Domiciano” y las autoridades locales, serviles al poder, quieren que todos se inclinen y adoren al que el vidente del Apocalipsis describe como “la bestia” (Ap 13,4.12).

 
Los cristianos no pueden conceder honores divinos al rey, y por eso comienzan para ellos los problemas, los castigos, la discriminación, la confiscación de bienes. Muchos no soportan estos continuos abusos, y están al límite de la resistencia y en riesgo de apostasía. ¿Cómo ayudarles a superar este momento difícil?

 
Mateo escribe en este contexto histórico y, para animar a los cristianos de su comunidad, pone en su Evangelio los dichos del Maestro sobre las dificultades y persecuciones que los discípulos tendrían que soportar.

 
Para los cristianos la persecución no es un contratiempo, es un hecho ineludible. El autor de la segunda carta a Timoteo (escrito más o menos en el mismo período) nos recuerda: “Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12).

 
¿Qué recomendaciones hace Jesús a los discípulos perseguidos?

 
Comienza a advertirles sobre el miedo. El miedo tiene una señal positiva: señala los peligros, evita gestos imprudentes, arriesgados, insensatos; pero, si se escapa al control, dificulta la acción audaz y las decisiones firmes.

 
Para aquellos que han tomado la decisión de seguir a Cristo, el miedo es a menudo el peor enemigo. Se manifiesta en el temor de perder la propia posición, de ver a disminuida la estima de sus superiores, de perder amigos, de perder los bienes, de ser castigado, degradado, para algunos incluso ser asesinados.

 
El que tiene miedo ya no es libre. Es normal tener miedo, pero ¡cuidado de ser dominado y guiado por el miedo!, se termina paralizado.

 
En el evangelio de hoy Jesús insiste tres veces: “No tengas miedo!” (vv. 26.28.31.), Y cada vez se agrega una razón para justificar su recomendación.

 
El que anuncia el evangelio tiene miedo, en primer lugar, de que, a causa de la violencia desatada por los enemigos de Cristo, su misión podría fallar (vv. 26-27).

 
Jesús le asegura que a pesar de las pruebas y dificultades, el evangelio se extenderá y transformará el mundo. Para aclararlo cita el ejemplo de los rabinos de su tiempo. Antes de enviar a sus estudiantes a discutir públicamente en las plazas, se les instruye en secreto. Su sabiduría permanecerá oculta durante mucho tiempo, pero un día todo el pueblo se vio obligado a reconocer su sabiduría y su preparación. Lo mismo –asegura Jesús– va a pasar con sus apóstoles. Ellos probablemente no verán germinar las semillas de luz y de bien que han sembrado con el trabajo duro y con dolor, pero deben cultivar la gozosa certeza de que la cosecha crecerá y será abundante. Su trabajo no será en vano; si fueren condenados a muerte, ninguna fuerza enemiga podrá impedir la realización del plan de Dios.

 
Es revelador lo que le sucedió a Jesús: sus enemigos estaban convencidos de haberlo silenciado para siempre, de haber puesto una enorme e inamovible piedra sobre él y su mensaje, pero en Pascua resucitó, igual que la semilla que enterrada en la tierra, muere, pero para reaparecer centuplicada.

 
La segunda razón por la que tiene miedo es a ser maltratado o incluso llevado a la muerte (v. 28).

 
Jesús nos invita a reflexionar: ¿qué daño pueden hacer los enemigos del evangelio? Insultos, acusaciones injustas, daños, confiscación de bienes, quitar la vida. Sí, pero nada más. Ninguna violencia es capaz de privar al discípulo del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede quitar. De esto Pablo estaba profundamente convencido de: “Tengo la certeza que ni tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, espada … nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8,35-39).

 
Pero hay algunos –continua Jesús– que hay que temer, es “el que tiene el poder de destruir el alma y el cuerpo”. No es un personaje fuera de nosotros, es el mal que, desde que nacimos, llevamos dentro de nosotros; es la fuerza negativa que sugiere caminos opuestos a los de Cristo. Por tanto, es necesario ante todo temer al propio miedo. ¿No tenemos fuerza, a menudo y, por miedo de quedarnos solos, cultivamos amistades ambiguas o lazos que han llegado a esclavizarnos y nos impiden vivir? ¿Por miedo no nos hemos comportado cobardemente, hemos mentimos, nos hemos comprometido con las injusticias? El que tiene miedo no puede lograr lo que lo llevaría a darse cuenta de realizar su propia vida y por tanto … “perecerá”.

 
La tercera razón por la que la persecución asusta es que a menudo no sólo nos afecta a nosotros, sino que también afecta a los que nos rodean que pueden ser privados de la necesaria subsistencia (vv. 29-31).

 
A esta objeción Jesús responde recordando la confianza en la providencia del Padre celestial. No promete a sus discípulos que no les pasará nada, que siempre van a ser rescatados, de forma prodigiosa, sino que Dios realizará su verdadero bien de todos modos, si han tenido el coraje de seguir siendo fieles. Hace referencia al cabello de la cabeza de los cuales sólo Dios sabe el número. Ninguno de nosotros se escapa de su amor y su cuidado. Se interesa por todas las criaturas, incluso el más pequeño, ¡cuánto más se preocupará de los que están luchando por la venida de su reino!

 
El texto termina con una promesa: Jesús va a reconocer, ante su Padre, aquellos que lo han reconocido ante los hombres (vv. 32-33). No habla del juicio final, sino de lo que sucede hoy en día: reconoce a algunos de sus discípulos que actúan en el mundo, pero a otros no. Reconoce al que no tiene miedo de anunciar su Evangelio, aun a costa de la vida; no reconoce por otro lado a los que niegan delante de los hombres su imagen, a los que no hacen presente en el mundo su palabra. Jesús dará testimonio ante el Padre de este hecho.

 
Hoy en día todavía hay muchos que mueren por causa del Evangelio, y aun donde no hay derramamiento de sangre, existe persecución y esto es inevitable. Ocurre a veces abiertamente con insultos, burlas públicas, otras veces sutilmente y disfrazados a través de la exclusión, la discriminación, la exclusión…

 
El que con su vida no molesta a nadie, puede estar seguro: tal vez sin darse cuenta, se ha adaptado a los principios de este mundo y renunciado al reino de Dios.




Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy: http://www.bibleclaret.org/videos
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