Ageo
Introducción
El profeta y su época. La actividad de Ageo registrada en el libro, se extiende desde agosto a diciembre del 520 a.C., bajo el reinado de Darío de Persia. El año 538 a.C. Ciro permitió a los judíos cautivos en Babilonia volver a su tierra. Un grupo bajo el mando de Sesbasar aprovechó la ocasión, animado quizás por las maravillosas promesas de Isaías II. Pocos años después, capitaneados por Zorobabel y por Josué como sumo sacerdote, regresó otra expedición de deportados. Pero la situación que encontraron fue lamentable: ciudades en ruinas, campos abandonados, murallas derruidas, el templo incendiado.
La predicación de Ageo deja entrever que entre los repatriados cundió el desánimo, de modo que se limitaron simplemente a sobrevivir: reconstruir sus viviendas y trabajar sus campos, descuidando la reconstrucción del templo y las ilusiones de independencia.
Por otra parte, las relaciones entre los pocos judíos que permanecieron en la tierra y los regresados del exilio con comprensible complejo mesiánico, se deterioró rápidamente. Tampoco ayudaba el ambiente de revueltas y levantamientos en el imperio babilónico después de la muerte de Ciro, hasta que la mano férrea de Darío I impuso de nuevo una paz asegurada solamente por las armas.
Mensaje religioso. La predicación de nuestro profeta gira en torno a dos temas: el templo y la irrupción de la era escatológica, el segundo condicionado por el primero. A diferencia de otros profetas, Ageo no se preocupa de problemas morales, sino del templo como lugar de la presencia del Señor en la tierra, y es esta presencia la que traerá la paz, de la mano de un elegido de Dios, de un rey de la estirpe de David. Estas esperanzas mesiánicas las recoge, de momento, Zorobabel, el restaurador del templo.
El horizonte mesiánico que abrió Ageo, se cumplió en Jesús de Nazaret. El oráculo de la presencia salvadora del Señor «Yo estoy con ustedes» (1,13), resonará en las palabras del resucitado: «Yo estaré con ustedes siempre, hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Y esta presencia tendrá un nuevo templo: su cuerpo muerto y resucitado: «Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré… pero él se refería al santuario de su cuerpo» (Jn 2,19.21).
1,1 Título del libro. Con el estilo de una crónica se nos informa de la identidad escueta del profeta y de los destinatarios del primer oráculo. Por lo demás, nada se sabe sobre Ageo. Hemos de suponer que se trata de un profeta cultual de Jerusalén.
1,2-15 Primer oráculo. Han pasado varios años desde que Ciro, rey persa, había firmado el edicto que autorizaba el regreso de los desterrados a sus lugares de origen. Los hebreos regresaron a Jerusalén acompañados por Zorobabel como gobernador y por Josué como sumo sacerdote. El ánimo y el espíritu inicial era reconstruir tanto la ciudad como el templo. Sin embargo, aquel primer impulso se había ido perdiendo, y la realidad con que se encuentran es muy diferente: falta de medios, enfrentamientos y acusaciones mutuas entre los que han regresado y los que se han quedado; en fin, el letargo propio de una religión que había sido sacudida violentamente.
La estrategia de Ageo es animar a todos los fieles a poner mano en la reconstrucción del templo como base principal para que Dios comience a cumplir sus promesas: 1. Mostrar su Gloria (8) para dar sentido a una vida que se afana mucho sin obtener apenas nada, viviendo en casas cubiertas, mientras el templo se halla en ruinas (4-6). 2. Bendecir a la tierra y sus habitantes con abundancia de frutos hasta ahora ausentes por la carencia del templo y de la presencia de Dios (9-11). Los versículos 12-15 registran el efecto producido por la predicación del profeta. Pocos, o casi ningún profeta, pudo obtener este resultado tan inmediato de su predicación.
2,1-9 Segundo oráculo. De nuevo, y a pesar de la noticia de 1,12-15 de que se habían emprendido las obras, el profeta apela a los dirigentes del pueblo para animarlos en la empresa de reconstrucción. Hay una garantía por parte de Dios: Él, que los acompañó desde la salida de Egipto, aún está con ellos (5); no ha cambiado de parecer y, sobre todo, nunca lo han derrotado. Para muchos creyentes, el Señor había sido derrotado y humillado por los babilonios, de ahí la explicación de Ageo. Él continúa ejerciendo su señorío universal, que se podrá ver de modo patente cuando todos los pueblos vengan a Jerusalén a postrarse ante Dios portando sus bienes y riquezas (6-8). El objetivo final es la paz que Dios otorgará desde su lugar santo (9).
2,10-19 Tercer oráculo. Seguramente, las obras no avanzaban al ritmo que el profeta quería: nada de lo dicho se cumplía. Ante el desánimo, la negligencia y la apatía, el profeta arremete con otro oráculo: todo está quedando impuro a causa del pueblo. Desde que iniciaron la obra había comenzado a operar la bendición (19), así que no hay que desanimarse.
2,20-23 Cuarto oráculo. Promesa dirigida expresamente a Zorobabel, descendiente davídico sobre quien estaban puestas las esperanzas de restauración de la dinastía davídica y, sobre todo, de restablecer los principios de las esperanzas mesiánicas. Los signos cósmicos de impacto universal preanuncian el avance seguro del Señor Todopoderos que tomará posesión de nuevo de su templo y gobernará a través de Zorobabel.
Ahora bien: ¿era precisamente eso lo que el Señor había prometido tantas veces por medio de sus profetas a su pueblo, a su «resto» fiel? ¡En absoluto! Tenemos que entender que los profetas son hombres limitados, condicionados por su tiempo, su lugar y sus circunstancias y que, convencidos de estar anunciando o promoviendo la voluntad de Dios, muchas veces hicieron lo contrario. Como cualquiera de nosotros, ellos también tuvieron sus ambigüedades. Un par de ejemplos nos ayudarán a comprenderlo mejor: Samuel, juez/profeta de los últimos tiempos de la época tribal termina identificándose con la ideología monárquica cuando unge a Saúl (1 Sm 10,1). Después tiene el coraje de rectificar y destituye a Saúl (1 Sm 15), pero para ungir a David (1 Sm 16,13). Samuel actuaba con la mejor intención, buscaba lo mejor para el pueblo en sintonía con la voluntad del Señor; pero con estos hechos, en el fondo estaba legitimando en nombre del Señor un anti-proyecto, por más que antes de ungir al rey hubiera puesto de manifiesto los riesgos y peligros que corría Israel organizándose como monarquía (cfr. 1 Sm 8,10-22).
El segundo ejemplo es Natán, el profeta pro-monárquico del partido de David. Aunque se le conoce como un valiente profeta, que enrostró al rey su pecado de abuso de poder a través de la parábola de la ovejita del pobre (2 Sm 12,1-12), también ha pasado a la historia por la llamada profecía o promesa davídica (2 Sm 7,16) que no sólo legitima el poder y la realeza de David, sino también su perpetuidad en el trono «exclusivamente» a través de un descendiente suyo.
La ambigüedad pues, nunca va a faltar. Estos hombres de Dios tendrán como todo israelita una clara conciencia del daño estructural que corroe a la nación, y por eso una de las características propias de los profetas de Israel será la de ser la conciencia crítica del rey. Pero casi nunca hablarán contra la monarquía como estructura dañina y perniciosa. Soñaban con el ascenso al poder de un nuevo David, pero no alcanzaban a soñar con la abolición completa de la estructura monárquica.
Recordemos que nuestro profeta Ageo está ejerciendo su ministerio en una época en que ya no hay monarquía, pero en la que aún se piensa en el descendiente davídico, en su caso muy a la mano, Zorobabel, su presencia y parentesco con David mantienen viva la esperanza del restablecimiento de una monarquía «corregida». Pero, por el momento, se hace más necesaria la recuperación de la otra institución imprescindible para Israel: el templo. Por más que la realidad vivida haga pensar en un Dios vencido, sometido y derrotado, los profetas del período postexílico se esforzarán al máximo por vencer tal idea: todavía se puede contar con el mismo Dios que los sacó de Egipto, sus intenciones y el compromiso con su pueblo siguen vigentes. Ageo no encuentra un camino más adecuado para el ejercicio de su ministerio que la coyuntura de la necesaria reconstrucción del templo y rodea su restauración con una serie de ventajas y beneficios puestos en boca del Señor. Mas no por eso puede dejar a un lado su opción por los empobrecidos; él mismo reconoce que son ellos, los desposeídos, los que arrimarán el hombro a la tarea. Por este medio también hará ver la importancia teológica del «resto», en definitiva, de lo mínimo e irrisorio: el nuevo templo, aunque pequeño y modesto, será aún más glorioso que el anterior. Ésta será también la imagen para aplicar al mismo pueblo: aunque pobre y desposeído será, ahora sí, glorioso, pues ya se está inaugurando una nueva época.