INTRODUCCIÓN AL NUEVO TESTAMENTO
La Buena Noticia. La palabra «evangelio» (buena noticia, en griego) no es de origen cristiano, la utilizaba el mundo greco-romano para referirse no a cualquier anuncio, sino a aquellos procedentes de la más alta instancia, por ejemplo, del emperador, y cuyas felices consecuencias afectaban a todos. Pronto los cristianos comenzaron a aplicar el término, en singular, al mensaje salvador que había traído Jesús, o a su misma persona, identificando así el mensaje con el mensajero, como hace Marcos: «El que quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (8,35).
Cuando el mensaje fue puesto por escrito, el «singular» se convirtió poco a poco en «plural», en referencia a las cuatro versiones que conocemos: Según Mateo, según Marcos, según Lucas y según Juan. Y así ha llegado hasta nosotros. Los cuatro tratan de la única y buena noticia de salvación o «memoria de Jesús», pero vista y vivida desde ángulos distintos, por distintas comunidades cristianas, de la que se hicieron portavoces escritores distintos, llamados «evangelistas».
Género literario. No es posible encuadrar los evangelios en ningún género literario en uso en la cultura de entonces o de ahora. Aunque son documentos de historia no son una «historia» de Jesús.
Tampoco son «biografía» o «hagiografía» o simple «memoria» de gestas y acontecimientos pasados, aunque de todo ello tenga un poco. Son algo completamente distinto y nuevo, que crean y agotan su propio género literario.
La novedad radical que hace de los evangelios ser «documentos escritos» absolutamente únicos consiste en que el héroe de los relatos, de los milagros, de los discursos, está vivo, y su presencia y su palabra siguen resonando y actuando en medio de la comunidad cristiana y del mundo entero, con su poder salvador. Dicho de otro modo: fueron, son y seguirán siendo hasta el final de los tiempos Palabra viva de Dios.
¿Cómo narrar como simplemente históricos los acontecimientos de una vida que terminó con la muerte, pero que la resurrección situó en un «ahora permanente» que al mismo tiempo que abarca toda la historia humana la trasciende y la está llevando a una consumación gloriosa? Ésta es la perspectiva de fe desde la que los evangelistas componen sus relatos. Por eso también, al cabo de dos mil años, leer y meditar los evangelios no es sólo recordar un pasado, sino entrar en la realidad salvadora de un presente que nos hace vivir ya, en la esperanza las realidades prometidas del futuro.
¿Con qué fin se escribieron los evangelios? La respuesta la da Juan, el evangelista, al final de su obra: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y lo ha escrito; y nos consta que su testimonio es verdadero» (21,24); «Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengan vida por medio de él» (20,31). Se escribieron para ser leídos y proclamados en la liturgia y asambleas de los creyentes, para ser anunciados a todos los hombres y mujeres de toda raza y nación.
¿Cómo se formaron los evangelios? Los cuatro evangelios nacieron de una tradición o «evangelio oral», es decir, del anuncio y la predicación de los testigos de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por algún tiempo fue la «palabra» el único medio de transmisión y difusión de la nueva noticia. La «cultura oral» de aquel tiempo, basada en la importancia de la memorización individual y colectiva, no precisaba de la escritura para preservar con fidelidad el mensaje de Jesús. Y así lo hicieron sus primeros seguidores tanto en la evangelización y en la catequesis, como en las oraciones e himnos de sus liturgias y celebraciones eucarísticas.
Primeras tradiciones escritas. Pronto, sin embargo, se hizo necesario poner por escrito en hebreo y arameo (lenguas locales) los principales hechos y dichos del Señor para ayuda de la catequesis, de la predicación y otros usos de las comunidades que se desarrollaban y crecían en número.
Así nacieron los primeros documentos escritos. Probablemente lo primero que se escribió fue el acontecimiento más importante de la vida de Jesús: su pasión, muerte y resurrección. Después, fueron apareciendo resúmenes o colecciones de sus milagros, de sus parábolas, de sus discursos. Este material abundante es el que pasó después a formar parte de nuestros cuatro evangelios.
Los cuatro evangelios. La rápida difusión de la comunidad cristiana fuera del ámbito religioso, cultural y lingüístico judío necesitaba de una renovada presentación del mensaje de Jesús, adaptada e inculturizada (como diríamos hoy), que respondiera a la nueva situación de las Iglesias locales. Y aquí entra el genio literario y la creatividad de cada uno de los cuatro evangelistas. Todos escribieron en griego, la lengua más hablada en el Imperio de aquel entonces. Fue un importante esfuerzo de inculturización, pues el griego no era la lengua materna de tres de los evangelistas, y se nota. Sólo Lucas, proveniente del helenismo, manifiesta su dominio.
No fueron meros recopiladores que se limitaron a ordenar, traducir y retocar aquí y allá el material ya existente. Fueron verdaderos «autores», quienes al seleccionar, adaptar, ampliar o abreviar sus fuentes (no sólo las «escritas», sino otras «orales» en que también se inspiraron), dejaron su impronta personal, es decir, su experiencia de fe, su visión de la Iglesia y el conocimiento que tenían de las necesidades y problemas concretos de las comunidades cristianas para las que escribieron. Aunque unidas en una fe común, eran comunidades de cultura y contextos diferentes, separadas no sólo por la geografía, sino también por el tiempo. Entre el primer evangelio que se escribió (el de Marcos) y el último (el de Juan) pasaron varias décadas.
Los «evangelios sinópticos». El término «sinóptico» (en griego: visión de conjunto) ha sido aplicado, desde hace un par de siglos a los escritos de Marcos, Mateo y Lucas, por el gran parecido que tienen entre sí, y que los distingue claramente del evangelio de Juan. Vistos «de conjunto», saltan a la vista las correspondencias mutuas y el mismo trazado básico… Y como «evangelios sinópticos», se los conoce hoy familiarmente.
En el círculo de estudiosos de la Biblia, se habla del «problema o la cuestión sinóptica», consistente en la ardua tarea de identificar las fuentes en las que se inspiraron los tres evangelistas mencionados. Lo que parece ser cierto, es que el evangelio de Marcos fue «el primero» que se escribió, sirviendo de base para los escritos de Mateo y de Lucas, los cuales no sólo incorporaron a sus respectivas obras el material de Marcos, sino que utilizaron también las primeras tradiciones escritas de los «dichos de Jesús» (hoy perdidas, llamadas simplemente «Q», del alemán «quelle» = fuente).
Seguramente Marcos, aparte de sus propias fuentes de información, se inspiró asimismo en esas mismas tradiciones, pero quizás por la brevedad de su escrito no hiciera uso extensivo de ellas. Mateo y Lucas completaron la labor. Estos dos evangelistas, además de las ya mencionadas, tuvieron acceso a otras tradiciones que aparecen sólo en cada uno de ellos, conocidas por las iniciales «M» y «L», de Mateo y Lucas respectivamente.
Este entramado de conexiones e influencias mutuas dan fe de la fidelidad a la palabra trasmitida que presidió la composición definitiva de los evangelios. El mantener intacto el depósito de la revelación fue la gran preocupación de la Iglesia primitiva como lo demuestran muchos escritos del Nuevo Testamento, especialmente las «cartas pastorales»: «Lo que me escuchaste en presencia de muchos testigos transmítelo a personas de fiar, que sean capaces de enseñárselo a otros» (2 Tim 2,2).
Evangelio de Juan. El evangelio de Juan fue el último en escribirse. Seguramente su autor supone ampliamente conocidos los «sinópticos» que circulaban ya por las comunidades, y así, quiso dar un enfoque distinto a su obra. No obstante, y solamente cuando viene al caso, utiliza tradiciones comunes.