Domingo 14 de Agosto
VIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“He venido a traer fuego”
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Tenemos que correr con perseverancia
la carrera que hemos comenzado,
con nuestros ojos fijos en nuestra meta, Jesús.
Que él mismo, Jesús el Señor,
les dé esa fortaleza que ustedes necesitan
y que él esté siempre con ustedes.
Introducción del Celebrante
Hoy el Señor nos interpela con estas preguntas: El amor de ustedes ¿es fervoroso? ¿Es fuerte su fe? ¿Se reducen a silencio cuando los cuestionan o ridiculizan por seguirme? ¿Se han resignado acaso a dejarse vencer por el mal dentro y fuera de ustedes o continúan defendiendo lo bueno, lo verdadero, lo justo? Hoy el Señor nos llama a no conformarnos con lo fácil, con esa tranquilidad que es adormecimiento de nuestra conciencia. Pidámosle en esta eucaristía el fuego y el ardor de su Espíritu Santo.
Acto Penitencial
¿Dónde está el fuego de nuestro amor y de nuestra fe?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, tú viniste para traernos tu fuego:
Enciende en nosotros el fuego de una fe valiente.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú viniste para traernos tu fuego:
Enciende en nosotros un amor intenso
que se entregue generosamente a ti y a los hermanos.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú viniste a traernos tu fuego:
Que ese mismo fuego nos despierte
de nuestra indiferencia y de nuestros temores.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Perdónanos, Señor, porque hemos sido tibios.
Danos valor –sosegado pero eficaz–
para vivir profundamente nuestra fe
y para amar sin vacilaciones.
Y llévanos a la vida eterna.
Primera Lectura (Jer 38,4-6.8-10): Un profeta a quien no hay que silenciar
Hubiera sido fácil para el profeta Jeremías permanecer en silencio. Pero el Espíritu le hizo interpelar a los líderes y decirles que estaban errados y causaban mucho sufrimiento.
Los dignatarios del rey le dijeron: Que muera Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia. 5Respondió el rey Sedecías: Ahí lo tienen, está en su poder: el rey no puede nada contra ustedes. 6Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. 8Ebed-Mélec salió de palacio y habló al rey: 9Majestad, esos hombres han tratado injustamente al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de hambre porque no quedaba pan en la ciudad. 10Entonces el rey ordenó a Ebed-Mélec, el nubio: Toma tres hombres a tu mando y saquen al profeta Jeremías del pozo antes de que muera.
Segunda Lectura (Heb 12,1-4) Jesús lleva nuestra fe a la perfección
Nuestra fe debería ser suficientemente fuerte como para hacernos seguir a Jesús incluso cuando el camino de la vida sea tortuoso y seamos puestos a prueba.
Nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, 2fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. El cual, por la dicha que le esperaba, sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la derecha del trono de Dios. 3Piensen en aquel que soportó tal oposición por parte de los pecadores, y no se desalentarán. 4Todavía no han tenido que resistir hasta derramar la sangre en su lucha contra el pecado.
Evangelio (Lc 12,49-53): “He venido a traer fuego”
El seguimiento de Jesús no es para cómodos o relajados que buscan seguridad y calma. La paz del Señor, y la vida en sus Mandamientos, supone luchas, tensiones, contradicciones y renuncias… Es fuego que transforma, aviva, moviliza, interpela y compromete engendrando la verdadera paz y asegurándonos la plenitud de la vida en Dios.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo! 50Tengo que pasar por un bautismo, y que angustia siento hasta que esto se haya cumplido. 51¿Piensan que vine a traer paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división. 52En adelante en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres. 53Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra.
Oración de los Fieles
Pidamos a Jesús, el Señor, que colme a su Iglesia y al mundo entero con el fuego de su vida y de su amor diciendo: R/ Señor, enciende nuestros corazones con tu Amor.
Señor Jesús, haz que nuestros corazones ardan con tu Amor al celebrar la eucaristía, escuchando tu Palabra y participando gozosamente en tu banquete del Pan de Vida, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Te presentamos ahora este pan y este vino,
regalos de paz y alegría.
Que en nuestras luchas y tensiones,
nunca compremos una paz fácil,
sacrificando, por comodidad,
la verdad y la justicia exigidas por el Evangelio.
Que no fallemos en el servicio
que debemos a nuestro prójimo.
Alimenta y robustece nuestra fe vacilante
con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
Jesucristo, nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con su muerte, Jesús pagó el precio por su fidelidad al Pueblo, a la bondad y a la verdad. Ofrezcámonos con él y pidamos nos otorgue su fortaleza, para dar toda alabanza al Padre.
Invitación al Padre Nuestro
Oremos con fe y esperanza
a nuestro Padre del cielo
con las palabras de Jesús, el Señor.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la paz en nuestros días.
Que no sea una paz facilona
que procede de la autocomplacencia
o de la falta de compromiso activo en la comunidad,
sino una paz interior
que acepte las luchas de la fe,
y que se atreva a optar
por la forma del servicio y del amor audaz
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el Reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que aceptó la cruz,
sin tener en cuenta su vergüenza,
para conducirnos en nuestra fe.
Él nos invita a este banquete eucarístico
para inflamarnos con su Amor y su fe.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Tu Hijo Jesús nos ha proclamado
su Palabra estimulante y conmovedora
y ha compartido su propia fuerza con nosotros.
Envíanos a vivir nuestra fe
con todas sus consecuencias,
y, si fuera necesario,
a ser signo de contradicción, como tu Hijo.
Pero mantennos en la fe
y danos aguante y resistencia,
para que con Jesús, tu Hijo,
vivamos en tu alegría y en tu paz
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Jesús trajo fuego a la tierra para que se mantuviera siempre encendido. Que nuestra viva fe sea ese fuego y esa llama ardiente que Jesús soñó para sus discípulos. Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.